lunes, septiembre 28, 2009

Fragmentos de un cuento que no meteré a concurso mejor lo posteo

― I ―
La ola de calor era cada día más insoportable, por lo que al entrar a la Oficina de Secreciones no me extrañó que ésa fuera la más concurrida en todo el edificio del Departamento de Permutas Sensoriales. La variedad de sentidos revueltos e intercambiados habían provocado que no se permitiera el aire acondicionado en ese piso, por lo que el sol de las tres de la tarde pegaba más duro en la hacinada oficina.

Tomé una ficha y me senté en uno de los últimos bancos disponibles. Duros, de plástico, resbalosos. Como no había aire acondicionado, el gobierno se había asegurado de que los trabajadores del Departamento intercambiaran, antes de ingresar al sistema burocrático, el flujo de sudor por exceso de sangre que cada mes era obligatorio donar para la guerra.

La espera se escurría larga y pegajosa. La Oficina funcionaba generalmente como una ventanilla de quejas por malfuncionamientos, errores de cálculo o, ya de plano, arrepentimiento. Aquí y allá escuchaba los quejidos de hombres embarazados, mujeres llorando orina, ancianos cubiertos de cabello y otras curiosidades. Pero era evidente, por la feroz canícula, que la mayoría estaba ahí para controlar su sudor.

―Número sesenta ―se oyó por una bocina. Mi turno era el trescientos veintiocho. No sobraba ninguna revista y yo no había llevado nada para leer, escuchar, sentir, oler o probar que me entretuviera, lo que me hacía presa fácil para los conversadores. No pasó mucho rato para que me abordaran dos hombres.

― ¿Y tú por qué estás aquí? ― No me dejaron contestar, comenzaron a platicar juntos.

― Yo quiero dejar de cagar, me tardo mucho y el baño está muy cerca del cubículo de mi jefa. Se oye todo. No sé por qué otra cosa lo vaya a cambiar, a ver qué opciones me dan. ¿Y tú?

― Yo vine a que me regresen mi olfato. Lo cambié porque estaba harto de oler pedos ajenos. En vez de olerlos escogí verlos. Pero no me dijeron que vería todos. Hasta los que se echan en la tele. Es muy desagradable.

Dejé de poner atención. Yo no estaba ahí para dejar de sudar –o mejor dicho, para cambiar mi sudor por alguna otra secreción: lágrimas, saliva, orina…-, ni para intentar hacer agradable un fluido corporal, sino para hacer un intercambio más complicado: dejar de sentir. Dejar de sufrir.

― II ―
Era casi medianoche cuando anunciaron mi turno. La Oficina estaba semivacía y el silencio adormilado de todos sólo se interrumpía por una joven a quien cada vez que eructaba, le salían versos de Sor Juana. Entré al consultorio justo cuando comenzaba a recitar por tercera vez Hombres Necios.

El doctor no estaba solo. Lo supe por los susurros detrás de la cortina colocada en medio del pequeño despacho.

―En un momento estoy con usted, siéntese por favor ―el doctor se asomó y regresó a su conversación privada y secreta, que por supuesto me provocó interés.

Por debajo de la cortina veía las pantuflas médicas del doctor, y unas botas pesadas. Era un militar. Agucé el oído, y el dedo meñique de una permuta de hacía tiempo.

―No, mi Coronel ―decía el doctor― no le puedo ofrecer más ayuda que ésta. No crea que es muy agradable estar donando sangre todos los días. ¿No sabe el daño que le hace uno a su cuerpo?

―Claro que lo sé ―respondió el aparentemente militar de alto rango― Si nosotros desarrollamos esta oficina. Usted no tendría trabajo si no fuera por aquella Iniciativa de Investigación Corporal. Estaría en el frente de batalla. ¿Le hubiera gustado?
Después de unos segundos, el doctor contestó:

―Mi lugar es aquí, Coronel. Y si me permite, está por sonar el toque de queda y quiero terminar con este paciente.

―Pero… ―quiso replicar el Coronel.

―Le repito que no puedo ayudarle. No voy a colaborar en ninguna estrategia para hacer inmunes a los soldados. Sí, podemos controlar los sentidos. Pero no la vida.

―Todavía no ―acotó el Coronel― ¿le molesta si me quedo en su última consulta? Ya sabe, como una evaluación de rutina.

―Para nada ―contestó el doctor. A mí sí me molestaba, pero ninguno de los dos pidió mi opinión.

El Coronel se sentó en un rincón y el doctor detrás de su escritorio. Lo observé: estaba fresco como una lechuga, pero con un color de piel no muy saludable.

―¿Qué desea cambiar? ―me preguntó. Yo, sin dudar, respondí:

―No quiero que me duela ―y de repente, comencé a llorar. El doctor parecía estar acostumbrado a tales exabruptos.

―Mire joven, aquí somos científicos, no brujos de Catemaco. Lo más que puedo hacer por usted es quitarle el gen de la cruda. Tiene un costo de 20 mil puntos de su tarjetón. ¿Qué dice? ―por fortuna me pude controlar y contesté:


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