lunes, agosto 18, 2008

Cuento de alguien

Empezó a notarlo después de unas semanas: su teléfono sonó cada vez menos, los contactos en Internet fueron diluyéndose. Después ocurrió en el trabajo: él vendía boletos en una estación de autobuses foráneos. Y los viajeros dejaron de llegar. Sólo quedaban en la central camionera trabajadores como él, aburridos más de lo normal. Pasaba su turno escuchando las complacencias en el radio y los motores impacientes de los autobuses en los andenes.

Después la situación se agudizó: cuando por las mañanas salía a trabajar, el vagón de metro en el que viajaba comenzó a vaciarse conforme la semana avanzaba. Lo de la ausencia de viajeros en la central camionera podía explicarlo por la crisis o las vacaciones, pero ser pasajero único en hora pico le resultó inquietante.

También percibió menos gente en la calle. O mejor dicho: el bullicio no cambió, la ciudad seguía viva. Pero alrededor de él se formaba una especie de burbuja en la que no entraba ninguna otra persona. En las avenidas grandes veía a lo lejos el tráfico usual, pero cerca de él las calles se vaciaban y las aceras daban el presentimiento frío de que alguien había estado ahí sólo segundos atrás.

Quiso buscar ayuda, una comprobación profesional de que nada había de raro en su mente. Cuando llamaba a algún consultorio, nadie contestaba o le respondía una máquina. Después buscó cualquier interacción social, pero en iglesias, discotecas, estadios de fútbol o cafeterías, parecía que siempre llegaba una hora después de que todos se fueran. Siempre tras los rastros de gente: basura pisada, dejos de perfume, voces lejanas.

Los programas de revista seguían trasmitiéndose, los aviones continuaban volando, la radio seguía repitiendo las mismas complacencias. Pero él, por más que quería, no conseguía ver a ninguna otra persona. Después de martirizarse un par de días por el asunto, comenzó a verle el lado positivo.

Dejó de ir a trabajar y no recibió la llamada reprendedora del supervisor. Comenzó a robar en los negocios, que parecía nadie atendía. Se relajó en cuanto a su apariencia personal, pues le quedó claro que sólo él se vería. Robó un automóvil y se divertía manejando por pesadas vialidades que se vaciaban de autos justo antes de que él pasara a toda velocidad.

Algunos meses y con varios kilos de más, después de mudarse a la zona lujosa de la ciudad y satisfacer todos sus deseos materiales, decidió volverse un héroe anónimo de la ciudad. Consiguió un radio de policías y salió a luchar contra el crimen. Pero le duró poco el gusto pues ¿cómo iba a dar con los rateros o los asesinos, si le estaba negada la compañía humana? Así que lleno de frustración prefirió ser el villano: bombas, grafitis, robos cada vez más grandes. Pero también se aburrió pues aunque se aseguraba de dejar huellas de sí en todos los lugares, ningún noticiero lo mencionó.

Fue entonces cuando por fin se planteó la posibilidad de haber dejado de existir sin que él lo supiera. Vivía la vida de un fantasma percibiendo a los otros como fantasmas, como rastros de almas y de cuerpos.

Sólo había una manera de comprobarlo: si lograba suicidarse, se liberaría del peso de la situación que llevaba casi un año aislándolo. Si no, sabría que era inmortal, lo cual no se oía nada mal.

Se subió a su auto deportivo, cerró los ojos y pisó el acelerador. Con lo que fuera que chocara, sería un impacto mortal. Después de varios segundos de suerte, sintió un golpe seco. Instintivamente frenó y abrió los ojos. Volteó hacia atrás y vio, finalmente, a una persona.

Se acercó al charco de sangre y volteó el cuerpo. Era él mismo, mucho más delgado y con el uniforme de su antiguo trabajo. Tuvo miedo de lo que vio, y se soltó. Pero no pudo evitar que el otro, que era él mismo, lo mirara con sus últimas fuerzas y le sonriera. Esta conexión entre uno y otro, que duró segundos enteros, se rompió con el grito de una peatona: “¡Animal!”

Él la miró sin sorpresa. Tampoco lo inquietaron las sirenas de la patrulla y el grupo de personas que iba creciendo alrededor de él y el otro él. Pronto llegaron la ambulancia, los helicópteros, las cámaras. En la cara del vivo se reflejó la sonrisa muerta del otro: quizás más tarde, en los separos, podría mirarse en la televisión y ver lo mucho que ha engordado.

6 comentarios:

eV-oL dijo...

buenísimo, me gustó mucho el final.

Anónimo dijo...

Pero ¿al final eso de que no lo miraran era bueno o malo? ¡Él se miró? Yo lo que no entendí es qué quería el personaje, pero ahora que lo vuelvo a leer, entiendo un poco más...

Lectora imprecisa

Anónimo dijo...

Buena Pablito, te he estado leyendo desde que andaba por Bengal... ¿qué puedo decir? Ya me dieron ganas de escribir :P Saludos
Kalos D.

pispiration dijo...

Hola Kalos no sé quién eres pero gracias.

Gracias también a Liz y a la otra anónima.

Insurrecto dijo...

Tómala, es muy buena historia.
Felicidades.

eV-oL dijo...

ya postea màs matatena y los librazos? chaaa